Sobre el ensayo “Una Correspondencia entre Marxistas”

He discutido y leído con interés los comentarios de varios de mis seguidores al ensayo en pauta.

Cabe aquí una reflexión. Siempre me he preguntado ¿cómo es que se habrán hechos las grandes obras de la historia? Así yo divago, ¿cómo fue que Cervantes concibió “El Quijote”?, probablemente la más grande obra literaria de todos los tiempos.

Recientemente he tenido la gran satisfacción de conocer cómo se engendraron dos obras trascendentales de nuestros tiempos:1) el libro “Conversación en La Catedral” de Vargas Llosa, probablemente su obra más ambiciosa, que fue materia de una conferencia que asistí en el 2017; el autor hasta el día de hoy parece tener pesadillas, pues se le complicó y resultó en dos tomos; y 2) la canción de los Stones “Street Fighting Man”, la que jóvenes de este país cantaban y bailaban desafiantemente en sus protestas contra la guerra de Vietnam (ver mi nota del 26dic13 en este blog).

La obra es el tratado “Monopoly Capital” (“Capital Monopolista”) escrito por Paul Barán y Paul Sweezy y publicado en 1966, dos años después del fallecimiento del primero. En el 2017 fue publicado “The Age of Monopoly Capital” sobre la cartas que intercambiaron “los dos Pauls”. Mas puntualmente, aquí estaremos comentando un recientemente ensayo que proporciona una excelente reseña de este último libro.

Empecemos en señalar que para nuestra buena fortuna estos connotados economistas mantuvieron una copiosa correspondencia en el periodo 1949-1964. En ella, ellos intercambiaban sus puntos de vista con entusiasmo, pero con firmeza. Ellos utilizaban los medios de comunicación de la época: papel, sobres y sellos postales, Sweezy en Nueva York y Barán en San Francisco.

Debe entenderse  que a diferencia de la ortodoxia de la época, cuando el mundo socialista encabezado por la Unión Soviética consideraba los escritos  de Marx como inamovibles, Barán y Swezy eran considerados unos  iconoclastas. Desde sus importantes tribunas, ellos abiertamente exigían la necesidad de evolucionar el Marxismo para resolver los apremiantes problemas de la época. Así, en 1958, Sweezy había declarado:

“El Marxismo es, por un lado, lo que Marx dijo e implicó sobre muchos temas y cosas. Por otro lado, es un conjunto vivo de principios y doctrinas que, por la naturaleza del caso, deben cambiar con el tiempo. Dado que muchas de las cosas que dijo o implicó Marx son anticuadas y desde entonces se han refutado o se han vuelto irrelevantes, ¿no se sigue que el Marxismo, el conjunto de ideas vivientes, se aleja progresivamente del Marxismo, la creación de Marx?”

Estos formidables pensadores debatían a veces desde posiciones adversariales pero siempre lo hacían con originalidad y buen espíritu. Ellos continuamente colaboraban a lo que ellos denominaban la “obra”, día a día, ladrillo por ladrillo.

Anticipando que el tema seguirá deliberándose con mis allegados, quisiera en este momento contribuir con los siguientes conceptos.

  1. El tema no es sencillo. Después de una nueva lectura (la tercera) decidí traducir íntegramente el escrito y añadir cursivas en puntos claves para facilitar entendimiento. Al pie encontraran mi versión de este trabajo en nuestro idioma.
  2. El ensayista (un discípulo de Barán en Stanford) está en capacidad de ofrecer comentarios de primera fuente puesto que él fue alumno, colaborador, y a veces contendiente, del gran economista.
  3. El corazón del libro es la presentación del concepto del Superavit Económico (SE), que según ellos es la característica fundamental del capitalismo de la postguerra (estudiada circa 1950-1960). Se postula que, en ese momento, la actuación de las más importantes firmas capitalistas era bastante (o muy) diferente a las de las organizaciones que Marx analizó ocho décadas antes. Se contaba entonces (en 1950-1960) con capacidades potenciales enormes de producción mucho mas allá de los niveles históricos, o de las demandas de los mercados. Estas sobrecapacidades formidables constituían el verdadero garrote que los capitalistas utilizarían para doblegar a sus adversarios, locales o internacionales.
  4. Notar que se trata de una capacidad real, pero solo potencial, no de activos constituidos, o que estaban constituyéndose para producir.
  5. Es evidente que los dos Pauls nunca manejaron enteramente el concepto pues la correspondencia revela que el esquema estaba todavía en sus fases de formulación y asentamiento.
  6. Yo creo que el asunto es así. Voy irónicamente a usar un ejemplo del método de irrupción que usaron los capitalistas chinos para hacerse de amplios mercados internacionales. Hablemos de medias (calcetines) con cifras un tanto forzadas para simplificar. El mercado mundial antes de la década de los noventa era dominado por digamos 20 grandes productores en los cinco continentes produciendo cada uno 100 millones de pares al año y así cubrir la demanda mundial de 2,000 millones. El precio era de unos $3 por par. Resulta que las tecnologías y capacidades financieras chinas permitieron montar dos enormes fabricas produciendo 1,000 millones al año con un precio de $1 por par. Esto es una nueva manera de hacerse de mercados, mucho más contundente a lo que históricamente habían utilizado Inglaterra, Alemania, Japón, USA, etc. Teóricamente los chinos podrían haber barrido a sus 20 competidores el día uno, pero en realidad emplearon un acomodo gradual, pero sí, con buen pie. A propósito, un excelente calzoncillo peruano se vende hoy en día en Lima a $3, cuando uno comparable chino o del Asia se obtiene en Chicago a $2. Es cuestión de tiempo para que la fábrica peruana cierre sus puertas.
  7. Notar que el desenlace descrito no es necesariamente inevitable. Los chinos podrían haber desistido de apropiarse del mercado de medias si es que conseguían a cambio otras ventajas económicas, políticas o militares. Pero lo que realmente es nuevo es la capacidad actual de producir un tremendo SE y prevalecer, puesto que no hay nadie para pisarles el poncho a estos capitalistas monopolistas (no los capitalistas competitivos de antaño).
  8. Y yo por eso, siempre que visito Nueva York, voy a un comercio de productos chinos en la sexta con la 28 donde adquiero una bolsa de 10 pares por $7. Salgo ñato de risa a disfrutar la brutal productividad de estos capitalistas monopolistas de la China Comunista.

Acabo concluyendo que el trabajo de los dos Pauls en “Capitalismo Monopolista” es, en mi opinión, la mayor contribución al avance del Marxismo del siglo XX. Su originalidad y entendimiento es, otra vez en mi opinión, es superior a lo aportado por Mandel o Kalecki. La temprana muerte de Barán fue realmente una tragedia porque el otro Paul solo no pudo concretar lo envisionado. Faltaba un verdadero genio, es decir otro Carlos Marx.

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Una Correspondencia entre Marxistas

Comentarios al libro:

Nicholas Baran and John Bellamy Foster, editores, The Age of Monopoly Capital: Selected Correspondence of Paul A. Baran and Paul M. Sweezy, 1949–1964, Monthly Review Press, New York, 2017

Por Tom Mayer — Monthly Review –(Jun 01, 2018)

Paul A. Barán (1910-1964) y Paul M. Sweezy (1910-2004) fueron dos de los economistas marxistas más creativos e influyentes del siglo pasado. Eran los coautores de “Monopoly Capital”, publicado en 1966 y a menudo considerado “el libro más influyente … por los economistas políticos marxistas de los Estados Unidos”. (13) “The Age of Monopoly Capital” recopila cientos de cartas entre Barán y Sweezy, escritas entre 1949 y la muerte de Barán en 1964. La correspondencia contiene numerosas ideas interesantes, importantes e imprevistas. Los “pepitas de oro” de sabiduría sobre la teoría económica, la historia socialista, el método dialéctico, la política académica y muchos otros temas están dispersos en todas partes. También transmiten un vívido sentido del paisaje político de los Estados Unidos, como lo experimentaron dos hombres de izquierda durante algunos de los años más oscuros de la Guerra Fría. Pero el enfoque principal de las cartas es desarrollar los conceptos y el marco utilizado en “Monopoly Capital”.

Esta no fue una tarea simple. Aunque firmemente anclado en la tradición marxista, el libro, que en sus cartas Barán y Sweezy llaman simplemente la “obra”, fue un trabajo innovador y en cierto modo iconoclasta. Sostuvo que la forma de capitalismo que prevalecía en los Estados Unidos de posguerra y otros países capitalistas avanzados, que Barán y Sweezy llamaron Capitalismo Monopolista, era muy diferente al Capitalismo Competitivo estudiado por Karl Marx. Bajo el capitalismo monopolista, cada industria importante estaba dominada por unas pocas corporaciones gigantes, fuertemente apoyadas por el estado. Colectivamente, las corporaciones que controlan ahora una industria son generadoras de precios en lugar de receptores de precios, y a diferencia de las empresas de capitalismo competitivo, no necesitaban gravitar hacia la igualdad de las tasas de ganancia.

Barán y Sweezy también avanzan el concepto de Superávit Económico (SE), definido como “la diferencia entre el ingreso que podría generarse con los medios económicos y tecnológicos existentes y los costos de producción”, como un medio más útil de analizar el capitalismo monopolista que el marxista convencional, es decir, la noción de la plusvalía (36). Esta última estaba estrechamente vinculada a la teoría del valor trabajo y a menudo se identificaba con la suma de las ganancias, el interés y la renta [IMPRECISO]. El excedente económico, tal como lo concibieron Barán y Sweezy, es un concepto más amplio y más completo.

La principal propensión del capitalismo monopolista no es la tasa de ganancia decreciente del Marxismo clásico, sino más bien la tendencia a que suba el excedente. Barán y Sweezy interpretaron muchos aspectos de la sociedad estadounidense, desde el implacable “esfuerzo de ventas” hasta aumentos en el gasto gubernamental y la escalada del militarismo, como intentos de absorber el creciente superávit económico. Esta integración de procesos económicos, políticos y culturales es el logro más original de “Monopoly Capital”.

Barán y Sweezy, aunque eran amigos cercanos, eran seres humanos muy diferentes. Sweezy era un vástago de la clase capitalista de los EE. UU. Un hijo de banquero que asistió a Exeter y luego a Harvard, donde se convirtió en editor de Crimson. Sweezy no se radicalizó hasta la adultez temprana: por la Gran Depresión, por las conferencias de Harold Laski en la London School of Economics, y por su lectura de History of the Russian Revolution de León Trotsky. Sus cartas en “The Age of Monopoly Capital” sugieren que, a pesar de su profundo compromiso con el Marxismo, retuvo muchas de las inclinaciones empiristas de la ciencia social estadounidense, y que, aunque enojado por las iniquidades e irracionalidades del capitalismo estadounidense, realmente no se sentía enajenado de la sociedad estadounidense Sin embargo, hasta el final de su vida, permaneció dedicado a una transformación revolucionaria del capitalismo: “Supongo que estoy temperamentalmente disgustado por el reformismo” (375).

Barán tenía una procedencia muy diferente. Nacido de una familia judía en Ucrania, creció en el vorágine de la revolución rusa, incluso cuando su padre, un médico, se opuso a los bolcheviques. Poco después de 1917, la familia Barán se mudó a Polonia y adquirió la ciudadanía polaca, aunque sus padres finalmente regresaron a la Unión Soviética. Barán se educó tanto en Alemania como en la Unión Soviética, y recibió un doctorado en economía de la Universidad Humboldt de Berlín a principios de la década de 1930. Aunque activo en la política de izquierda europea, logró evadir las garras de Hitler y Stalin, y llegó a los Estados Unidos en 1939, inscribiéndose como estudiante graduado de economía en Harvard, donde conoció a Sweezy. El estilo de Marxismo de Barán estaba más alejado del empirismo positivista que el de Sweezy. Interpretó el materialismo histórico como una especie de racionalidad crítica: “El Marxismo no desea ni pretende ser una ‘ciencia positiva’, una variedad de afirmaciones sobre hechos pasados y presentes, o un conjunto de predicciones sobre la forma o el momento de los eventos futuros”. Escribió en un ensayo. “Siempre fue una actitud intelectual, o una forma de pensar, una posición filosófica cuyo principio fundamental es la confrontación continua, sistemática y completa de la realidad con la razón” (mayúsculas-cursivas de Barán) .1

A pesar de que vivió en los Estados Unidos durante veinticinco años, Barán nunca se sintió como en casa en la sociedad estadounidense. Como escribe su hijo Nicholas Barán en el prefacio del libro, “mientras algunos inmigrantes europeos abrazaban la cultura estadounidense y buscaban asimilarse a ella, mi padre mantuvo su distancia, desdeñoso y despreciativo de la cultura estadounidense. Él absolutamente despreciaba el juego de béisbol. Tenía sentimientos similares sobre la goma de mascar, las papas fritas, la Coca-Cola y la abominación de la televisión estadounidense, todo lo cual estaba prohibido en su hogar “(9). De hecho, Barán sospechaba que seguiría siendo un extraño en casi cualquier sociedad: en una carta de mayo de 1962, escrita en Moscú, se lamenta: “Definitivamente no soy bueno para ningún Poder Establecido (“Establishmen”). Tal vez, después de todo, esa es la función eterna del intelectual, en todos los tiempos y lugares “(302). “The Age of Monopoly Capital” incluye poco material personal, pero está claro a partir de sus cartas que Barán a menudo tuvo problemas con episodios de depresión.

Dos aspectos de la correspondencia son particularmente impresionantes. La primera es la forma de llevar a cabo años de estudio y debate, en los que los dos marxistas superaron importantes diferencias intelectuales, políticas y culturales para llegar a un análisis compartido y penetrante del “orden económico y social estadounidense”, en las palabras del subtítulo del libro “Monopoly Capital”. Llegaron a este análisis sin restringir sus desacuerdos o suprimir sus posiciones individuales, aunque también con muy poco rencor. Ni Barán ni Sweezy dominaron el lento proceso de convergencia intelectual evidente en estas cartas. Algunas veces, uno de los miembros      convencía al otro mediante argumentos racionales, mientras que en otras veces llegaban a una posición compartida muy alejada de sus puntos de partida. En otras ocasiones, minimizaban o replanteaban puntos sobre los que no se llegó a un acuerdo.

De hecho, las cartas revelan que los desacuerdos iniciales entre los dos Pauls no eran infrecuentes ni sobre cuestiones meramente secundarias. Entre otras cosas, al principio diferían sobre los méritos de Thorstein Veblen como crítico del capitalismo, sobre el papel del subconsumo en la generación de crisis capitalistas, sobre si el imperialismo precedió al advenimiento del capitalismo monopolista, sobre la guerra sino-india de 1962 , y sobre la validez del análisis del imperialismo de los comunistas chinos y sus prescripciones para la estrategia revolucionaria.2 En cada uno de estos casos, salvo el último, finalmente forjaron una perspectiva común. Esta notable capacidad para el compromiso por camaradería es ante todo un tributo a la relación entre dos intelectuales apasionados e incisivos. Pero también sugiere que, con suficiente inteligencia, urbanidad y voluntad, muchos otros de izquierda podrían superar esa perenne discordia que a menudo socava su influencia política.

Una segunda característica impresionante de la correspondencia es su actitud matizada y respetuosamente crítica hacia Marx y el Marxismo. Barán y Sweezy reconocieron la brillantez y profundidad del pensamiento marxista y su relevancia para cualquier proyecto de cambio social radical. Sin embargo, no consideraron que las escrituras de Marx o de los marxistas posteriores fueran fuentes infalibles de la verdad. Por el contrario, ambos acordaron que a medida que las sociedades cambian, un Marxismo verdaderamente útil debe cambiar en consecuencia. En diciembre de 1958, Sweezy escribe que:

“El Marxismo es, por un lado, lo que Marx dijo e implicó sobre muchos temas y cosas. Por otro lado, es un conjunto vivo de principios y doctrinas que, por la naturaleza del caso, deben cambiar con el tiempo. Dado que muchas de las cosas que dijo o implicó Marx están anticuadas y desde entonces se han refutado o se han vuelto irrelevantes, ¿no se sigue que el Marxismo, el conjunto de ideas vivientes, se aleja progresivamente del Marxismo, la creación de Marx?” (223)

Unos días más tarde, Barán responde:

“Estoy de acuerdo con usted en que, abstractamente hablando, hay una tendencia a que las declaraciones marxistas individuales se vuelvan irrelevantes con el progreso de la ciencia. De facto, sin embargo, esta tendencia no es tan fuerte como uno podría pensar, simplemente porque en el ámbito de las ciencias sociales ha habido mucho menos progreso desde los días de Marx de lo que uno pensaría sobre la base de lo que ha sucedido en el campo de las ciencias naturales”. (225)

En un momento en que el Marxismo en los Estados Unidos estaba dominado por dogmas y directivas del partido, Barán y Sweezy trataban el legado marxista como un trampolín creativo, no como una camisa de fuerza intelectual. Sin perder su identidad marxista esencial, su interpretación del materialismo histórico evolucionó con el movimiento de la historia y se adaptó a contextos socioeconómicos específicos. Dicha flexibilidad disciplinada los colocó a la vanguardia del pensamiento revolucionario y le dio una relevancia política perdurable.

La década de 1950, durante la cual se escribieron la mayoría de estas cartas, fue sombría para los Estados Unidos. Los brotes radicales de la Depresión y la Segunda Guerra Mundial se contuvieron y luego retrocedieron, mientras el macartismo devastó los partidos de izquierda y los sindicatos radicales, las ideas socialistas se volvieron tabú o incluso traidoras, y los líderes obreros prominentes se codearon con el capitalismo corporativo. En consecuencia, los lectores atentos notarán un tono pesimista en muchas de las cartas de Barán y Sweezy. Los dos marxistas dudan de que las clases trabajadoras en las sociedades capitalistas avanzadas puedan impulsar el cambio progresivo en el futuro previsible. Se lamentan de la timidez y el conformismo de la intelectualidad en estas sociedades y rechazan la democracia burguesa como una farsa, “democrática en su forma, plutocrática en su contenido” (286). La Unión Soviética ha abandonado el camino revolucionario, y mientras que otras sociedades comunistas, especialmente China, han logrado algunos logros impresionantes, también exhiben políticas autoritarias y patologías económicas deslumbrantes. La única esperanza plausible de revolución surge en la parte subdesarrollada del mundo capitalista, e incluso aquí las insurgencias son pocas y distantes.

Barán y Sweezy estaban particularmente preocupados por el papel de los intelectuales revolucionarios en tiempos no revolucionarios. En sus discusiones más extensas sobre el tema, en la primavera de 1963, ambos hombres enfatizan la importancia de la honestidad teórica, independientemente de las consecuencias prácticas a corto plazo. Barán primero relata una discusión inquietante con el líder comunista italiano Palmiro Togliatti, angustiado por su reformismo (y por Khrushchev) y su visión del imperialismo poco realista. En respuesta, Sweezy sugiere que los [partidos comunistas delos] centros imperialistas del mundo capitalista han entrado en un período que, para los intelectuales radicales, podría etiquetarse como “monasticismo socialista”:

“No veo otra actividad legítima para los auténticos socialistas en los centros imperialistas que mantener intacto un conjunto de ideas y aspiraciones para el momento en que vuelvan a ser políticamente significativas, con la esperanza de que todo lo que ese momento esté más cerca de lo que ahora parece probable. Mientras tanto, creo que es de la mayor importancia no enredarse en el fango reformista como lo están haciendo todos los PC’s occidentales … La función de las personas como nosotros frente a los países socialistas es, por supuesto, no rechazar o denunciar sino hacer lo que podamos para alentarlos y ayudarlos a hacer lo que ninguno de ellos ha mostrado signos de ni siquiera intentar hacer, es decir, desarrollar una crítica genuinamente marxista de sus propias realidades … Me parece que de hecho estamos entrando, quizás ya hemos ingresado, en un período de lo que podríamos llamar “monasticismo socialista”. Aquellos de nosotros que somos auténticos socialistas estamos realmente aislados de nuestra sociedad y vivimos nuestra propia vida;  si no estamos ya físicamente separados del resto.” (403-04)

En una carta posterior, Barán está de acuerdo y enfatiza la importancia de un programa teórico riguroso:

“El único consuelo importante: en nuestros días, cuando el mundo está cambiando tan rápido (al menos por los estándares históricos), es si puede haber espacio para interpretarlo. Es por eso que hoy estoy en contra del periodismo, en contra de intentar estar “bien informado” en el día, y de un tipo de trabajo más teórico, más de “conocimiento profundizado”. Al no tener que preocuparse por los votos, la conveniencia política, etc., uno puede permitirse simplemente buscar y decir la verdad”. (405)

Sin embargo, Sweezy consideró la visión de Barán demasiado pesimista, e insistió en que los teóricos marxistas como ellos ya habían fomentado la conciencia revolucionaria en los países subdesarrollados: “Soy menos pesimista sobre el papel que gente como nosotros puede desempeñar, que Ud. aparentemente… Hemos tenido mucho que ver con la educación de los mejores revolucionarios de América Latina. Estoy orgulloso de lo que hemos hecho a este respecto, y creo que podemos hacer mucho más”. (409). Encontré estas reflexiones particularmente significativas porque, en las últimas seis décadas, he sentido con frecuencia el mismo enigma, como sospecho que lo han observado muchos otros lectores de esta revista.

Leer estas cartas también me impulsó a volver a leer, por cuarta vez, “Monopoly Capital”. La correspondencia de los autores profundizó mi comprensión de los argumentos del libro y su contexto. Pero más de medio siglo después de su publicación, el libro también incitó algunos (respetuosos) pensamientos críticos sobre las afirmaciones de Barán y Sweezy.

Los más importantes se centran en los conceptos de racionalidad y excedente económico, ambos fundamentales para las proposiciones de “Monopoly Capital”. La noción de racionalidad era vital para el pensamiento de Barán y, en menor medida, para el de Sweezy. Como indican las citas anteriores, la racionalidad es la base de la comprensión de Barán del Marxismo como una “actitud intelectual”. También influenció profundamente su crítica del capitalismo monopolista, que consideraba un “sistema irracional”. Tanto para Barán como para Sweezy, el núcleo de un sistema racional era la planificación económica. Aunque ambos estaban profundamente preocupados por las deficiencias de los estados socialistas de tipo soviético que existían entonces, consideraron sin embargo que cada una de estas sociedades operaba principalmente bajo alguna forma de economía planificada, consideraban que estaban dando los pasos iniciales esenciales en el largo camino hacia una sociedad racional.

Los eventos de las últimas tres décadas han obligado a repensar la propiedad colectivizada, la planificación económica e incluso el concepto de racionalidad aplicado a las estructuras sociales. ¿El retiro de Rusia, China, Vietnam y los países de Europa del Este de tales políticas significa que han abandonado la “racionalidad”? ¿O acaso sugiere que la identificación de la racionalidad con la planificación económica es al menos problemática o que el concepto mismo de una sociedad racional puede ser ambiguo, defectuoso e incluso contradictorio? Por supuesto, el capitalismo contemporáneo no carece de características groseramente irracionales, como la pasividad frente al cambio climático o la construcción de miles de armas nucleares, o la coexistencia masiva del hambre en medio de los excedentes de alimentos. Sin embargo, la forma de superar estas contradicciones no es de ninguna manera evidente, y seguramente implica algo más que aplicar “estándares dialécticos de la razón” (225). Incluso un lector comprensivo debe preguntarse si el concepto de racionalidad es suficientemente claro y sustancial para soportar el peso teórico que Barán y Sweezy le dan.

En sus últimas cartas, escritas unas semanas antes de la muerte de Barán en marzo de 1964, Barán y Sweezy todavía intentan identificar el concepto de superávit económico. En una carta, Sweezy escribe: “No tengo claro cuál es ‘la diferencia entre lo que llamamos’ superávit económico ‘y la plusvalía agregada.’ Me inclinaría a decir que, tal vez implícitamente, hemos definido el excedente como plusvalía agregada menos la parte que los trabajadores pueden capturar por sí mismos. ¿Estoy en lo cierto acerca de esto? “(448). Tal incertidumbre por parte de los autores de “Monopoly Capital” refuerza mi sospecha de que el excedente económico es un concepto resbaladizo, cuyos principios pueden no resistir el escrutinio científico. La definición dada tempranamente en Monopoly Capital – “la diferencia entre lo que produce una sociedad y los costos de producirla” – no siempre corresponde al uso real de Barán y Sweezy del concepto.3 Una idea más clara del excedente económico podría obtenerse mediante el análisis del concepto en el contexto de un sistema de producción postulado por el economista italiano Piero Sraffa. La distinción hecha por Barán y Sweezy entre producción excedente y no excedente tiene una afinidad considerable con la distinción más rigurosa del economista de Sraffa entre productos básicos y no básicos4. De hecho, Barán y Sweezy hablan bastante favorablemente sobre las ideas de Sraffa al menos cinco veces en sus cartas.

La tendencia básica en el capitalismo monopolista podría no ser un excedente creciente, sino la creciente ventaja de poder del capitalista sobre la clase trabajadora. La corporación gigante, el núcleo institucional del sistema, aumenta la influencia política de la clase dominante, fortalece las alianzas entre el capital y el estado, facilita la introducción de la tecnología que reemplaza la mano de obra y permite el arbitraje [explotación de diferencia de precios] salarial regional y mundial. El precipitado declive de la membresía sindical en todo el mundo capitalista avanzado es sintomático de esta creciente dominación de clase capitalista sobre la clase trabajadora. Una consecuencia puramente económica de tal discrepancia de poder bajo el capitalismo monopolista sería una tasa creciente de explotación, como lo afirma la creciente brecha entre la productividad y el salario de los trabajadores estadounidenses.5

Leer “The Age of Monopoly Capital” ha sido una experiencia significativa por motivos personales e intelectuales. De 1959 a 1964, estudié sociología en la Universidad de Stanford, donde Barán enseñó economía, y llegué a conocerlo bien. También conocí a Sweezy al menos dos veces, cuando visitó el campus. Barán y yo tuvimos numerosas conversaciones sobre política, teoría social, materialismo histórico y cultura de los EE. UU. Si bien sería presuntuoso reclamarlo como mentor, ciertamente tuvo una gran influencia sobre mí. Más que nadie, Barán me convenció de que el Marxismo no era una doctrina jubilada del siglo diecinueve, sino una filosofía viviente flexible, consistente con los requisitos de la ciencia y esencial para comprender las posibles trayectorias del mundo moderno. Estas convicciones duraderas han sido las estrellas de toda mi vida profesional y política.

Aunque tenía un respeto enorme por el conocimiento y la brillantez de Barán, no siempre estábamos de acuerdo. Lo consideraba excesivamente pesimista (incluso derrotista en ocasiones), irrazonablemente alejado de la cultura estadounidense y demasiado inclinado a favorecer una perspectiva soviética. También consideró mi interés en las ciencias sociales matemáticas un pintoresco fetiche y mi sensación de que el imperialismo estadounidense estaba decayendo por demasiado optimista.6 Me divirtió conocer leyendo “The Age of Monopoly Capital” que, cuando Barán y yo no estábamos de acuerdo, mi posición a menudo resultaba paralela respecto a la tomada por Sweezy – en Veblen, el subconsumo, la división chino-soviética, la guerra sino-india y otros temas.

“The Age of Monopoly Capital” captura la creatividad, la perspicacia y el brío de los dos Pauls. Si bien cualquier libro puede dar solo una versión silenciada de la presencia viva del autor, espero que los lectores de estas cartas puedan cosechar al menos un fragmento de la inspiración que tan profundamente afectó mi propia vida.

Notas

  1. Paul A. Barán, The Longer View, ed. John O’Neill (New York: Monthly Review Press, 1969), 32. John Bellamy Foster Tambien cita esta linea en su introducción a The Age of Monopoly Capital (30).
  2. Sobre el conflicto sino-soviético, Sweezy escribe: “los chinos son los verdaderos portadores de la tradición marxista, que es sobre todo una tradición revolucionaria y que ahora más que nunca es relevante para las condiciónes de la gran mayoría de la humanidad. [Se aprecia] Que el partido soviético ha abandonado de facto la posición revolucionaria “(378-89). Barán responde: “Los chinos toman una posición verbal mucho mejor, que de facto se trata de algo muy diferente, y es donde el perro está enterrado … El armamento estadounidense es una poderosa fuerza contrarrevolucionaria que no solo mantiene a varios países en su lugar en el mundo ‘libre’, sino que también empuja a la Unión Soviética a una posición menos revolucionaria y más derechista “(380-86).
  3. Paul A. Barán y Paul M. Sweezy, Monopoly Capital (New York: Monthly Review Press, 1966), 9.
  4. Se pueden determinar muchas características importantes de un sistema de producción de Sraffa considerando solo productos básicos (es decir, indispensables). Por ejemplo, es posible determinar: (a) si el sistema de producción puede reproducirse; (b) la tasa máxima de crecimiento (con la tecnología de producción dada); y (c) la relación entre las tasas salariales y de ganancia centrándose exclusivamente en productos básicos. Ver Piero Sraffa, Production of Commodities by Means of Commodities (London: Cambridge University Press, 1960); Ian Steedman, Marx after Sraffa (London: New Left, 1977); y Heinz Kurz and Neri Salvadori, Theory of Production: A Long Period Analysis (Cambridge: Cambridge University Press, 1995).
  1. Entre 1973 y 2014, la productividad neta en los Estados Unidos aumentó en un 72.2 por ciento, pero la compensación mediana por hora ajustada por inflación aumentó solo 8.7 por ciento; ver Josh Bivens y Lawrence Mishel, “Understanding the Historic Divergence Between Productivity and a Typical Workers Pay“, Economic Policy Institute Briefing Paper, 2 de septiembre de 2015. Incidentalmente, la explotación podría medirse sin recurrir a la teoría del valor laboral utilizando algunos de los métodos sugeridos por John Roemer en “A General Theory of Exploitation and Class” (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1982).
  2. En un momento, Sweezy aboga por escribir un libro sin una sola fórmula: “Tomemos una resolución firme para escribir un libro completo sin ninguna fórmula. Las fórmulas son el opio de los economistas, y actuaron también de esa manera sobre Marx”.(137).
  3. Muchos lectores no vadearan todas las cartas contenidas en “The Age of Monopoly Capital”. Para aquellos que quieren una sensación de conjunto sin devorar todo el libro, recomiendo el prefacio de Nicholas Barán y la introducción de John Bellamy Foster, y un muestreo (algo arbitrario) de las cartas, que incluyen Barán to Sweezy, February 3, 1957 (151–55); December 5, 1958 (224–25); May 2, 1960 (246–50); January 24, 1964 (441–44); and Sweezy to Barán, January 6, 1956 (125–27); July 9, 1961 (258–62); undated 1962 (285–89); March 9, 1963 (373–76). Me siento ampliamente satisfecho de que Monthly Review, bajo la dirección del editor John Bellamy Foster, haya podido transmitir con tanta efectividad el legado intelectual de Paul Barán y Paul Sweezy. No siempre estoy de acuerdo con las posiciones de Foster, pero estoy muy seguro de que el habla con la voz teórica, el estilo literario y la dirección política de los dos Pauls.
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